miércoles, 11 de julio de 2012


Helicóptero azul


Se acerca navidad y recordé el puerto, Valparaíso. Recordé sus escaleras. Quizá se escribieron miles de canciones, poemas y tratados de arquitectura, pero la imagen que tenía de las escaleras de Valparaíso, la que se formó en mi cabeza, eran de esas escaleras olvidadas por el tiempo. Esas que no llevan a ningún lugar y terminan derrotadas en una pared reciente, despojadas de un destino, de un final que las motivara a seguir alojando los pasos de niños, mujeres de piernas firmes y vendedores de helados. Pero lo mas violento de la imagen sin duda era que seguían ahí, como cadáveres que eran incapaces de suplicar por un lugar en el cementerio del descuido, de la omisión. Porque finalmente estas escaleras eran el signo mas potente de lo que es una ciudad que no se avergüenza de dejar tareas a medio terminar. Porque ahora que se acerca navidad y todo se llena de esos momentos redondos, de sensaciones a crédito, me refugio un momento en esas escaleras honestas, como ancianos desnudos que observan cómo se va el presente. También me refugio de Felipito y su helicóptero azul. Pienso donde andará él, seguramente tendrá mi edad, vivirá instantes perfectos, sincronizados, completos, con aplausos a cada paso que da por una ciudad que esta a ciento y algo kilómetros del puerto y que vertiginosamente se transforma en una copia a escala, un plagio.

Le llamábamos Felipito y no se porque. Cuando nos sentábamos frente a la tele, en esta misma época navideña que poco ha cambiado, que es como el momento más estridente de la carcajada de una ciudad que se burla eternamente de nosotros, aparecía cada tanto entre los dibujos animados del canal 5. Era el anuncio de un nuevo helicóptero a control remoto que un niño muy rubio, Felipito, sostenía con la cara llena de risa junto a un árbol de pascua de proporciones colosales, exageradamente salpicado de bolas rojas y guirnaldas doradas. Ese árbol ahora me da la sensación de un pabellón patrio y Felipito perfectamente pudo haber cantado un villancico con su mano derecha sobre el corazón, marchando con la canción de fondo frente a sus padres que mirándolo con satisfacción, a intervalos, cruzaban sus ojos riendo y dándose palmaditas de autosuficiencia sentados en el sofá. Entonces el niño encumbraba el helicóptero por el aire de la enorme sala y el juguete pasaba rozando entre las cabezas de sus padres, también muy rubias, lo que producía una mezcla entre miedo y ganas incontenibles de soltar carcajadas. La mamá lanzaba entre gritos divertidos un cojín al niño para que éste lo atrapara con entusiasmo. La escena terminaba con los tres en un abrazo muy apretado, lleno de felicidad y con un locutor diciendo que las baterías se venden por separado y en las mejores tiendas y que no esperáramos más, que saliéramos rápido a comprar.

Pausa de felicidad y el Festival de los Robots comenzaba como cada tarde iluminando de colores en la penumbra los rostros de mi hermano, el Chily Willie y yo. El Chily Willie, sorbiendo los mocos y con su eterno polerón amarillo con un estampado desteñido de Winnie the Poh era el inventor que correteaba junto a nosotros entre blocks de ladrillo fiscal, dando vida a objetos y situaciones a partir de elementos tan simples. Como el juego del helicóptero a pilas. Siempre domingo por la mañana, cuando las abejas  comenzaban su rutina posando su zumbido en los rayitos de sol que Doña Marcia plantaba bajo un pimiento que creció ahí antes de nosotros, en un orden que quizá vio en las revistas de jardinería que tanto le gustaba leer y que mantenían vivo su sueño de escapar de la población e irrumpir en casas enormes que nunca habitaría.

El Chily llegaba los domingos por la mañana a nuestra casa con el carrete de hilo blanco. Nosotros sacábamos de la cocina la bolsa plástica y la tijera del costurero de mi madre. Y comenzaba la cacería.

Yo capturaba a las abejas. Agazapado, acechaba a la presa mientras metía la cabeza en una flor tan luminosa como la mañana. Y con la respiración contenida daba un salto con la bolsa inflada para atrapar dentro de ella a la abeja y el rayito de sol que cortaba para no estropear nuestro insecto-helicóptero. Sacudía la bolsa tres veces mientras mi hermano saltaba en una pierna de ansiedad. Despierta en su cautiverio, la abejita comenzaba a convulsionar las alas de manera iracunda, incansable, amenazando con su aguijón a los gigantes que la privaban de libertad. Entonces yo, con un palito de helado, ejercía una suave presión sobre su cuerpo diminuto y vibrante mientras, con la tijera, el Chily hacía un pequeño tajo en la bolsa, justo en el lugar donde la abeja aun luchaba por escapar. A través del agujero introducía el hilo con el nudo corredizo que ya había preparado, atrapando las patas traseras del insecto. Una vez terminado el engaño, mi hermano metía los dedos por el hoyo de la bolsa y la rompía, liberando de pronto a la abejita que llena de júbilo y ansias de libertad salía volando por un segundo. Entonces, la realidad. Cuarenta centímetros de vuelo y su avance se detenía abruptamente junto con el hilo que amarraba sus patas. Chily Willi sostenía el otro extremo del hilo en su mano derecha y sus ojos y los nuestros, brillantes y perdidos en nuestro juguete, cómplices, eran los de tres pequeños psicópatas satisfechos. Quizá era un poco triste, pienso, alejado a la distancia que entrega el tiempo, pero un acto de amor también es triste cuando todo se acaba. La abeja con su vuelo desesperado e impotente dibujaba formas caóticas en el aire, yendo hacia ninguna parte y explorando tantas vías de escape, llevando nuestra mirada entre las nubes que se movían tranquilas en el fondo del cielo, cortadas por el vuelo de la abeja abandonada por la naturaleza y su colmena, como las escaleras de Valparaíso, como tres niños escapando por el aire de una tierra atragantada de polvo y ladrillos. Iba a la derecha, después a la izquierda, arriba y abajo, moviendo el hilo con una tensión tan leve como su cuerpo. Entonces el Chilly comenzaba a hacer ruidos de avión con la boca, evocando metralletas y cohetes que destruían las ciudades del medio oriente que aparecían cada tanto en los noticieros de la noche, reventando casas y edificios, lanzando por los aires a su padrastro con túnica blanca ensangrentada y barba abundante, cayendo desmembrado. Yo simulaba ser el operador de una torre de control y daba instrucciones a la abejita para que ocultara el tren de aterrizaje porque disminuía su velocidad a la hora del despegue. Mi hermano no decía nada, se quedaba silencioso en las imágenes, en las formas caprichosas que se quedaban en nuestros ojos unos instantes, como solidificadas por la tensión que sentíamos.

Si Felipito viera nuestro juego diría que el final es más brutal que el suyo. Después de incontables intentos por escapar, las alas batientes de la abeja tenían la suficiente fuerza como para partir su cuerpo en dos. Su abdomen quedaba colgando con una sangre transparente en el extremo del hilo de volantín que sostenía el Chily. La otra parte de la abeja seguía volando unos segundos y caía por algún lugar entre los rayitos de sol mientras lo seguíamos con la mirada. Y así nos quedábamos silenciosos, rodeando el cadáver de nuestro juguete que de alguna manera queríamos tanto. Con el palito de helado yo hacia un hoyo en la tierra y depositaba cuidadosamente los restos de la abeja, sus dos partes. “Descansa en paz” decía mi hermano y salíamos corriendo los tres entre los blocks, moviendo los brazos para volar, libres.

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