Helicóptero azul
Se acerca
navidad y recordé el puerto, Valparaíso. Recordé sus escaleras. Quizá se
escribieron miles de canciones, poemas y tratados de arquitectura, pero la
imagen que tenía de las escaleras de Valparaíso, la que se formó en mi cabeza,
eran de esas escaleras olvidadas por el tiempo. Esas que no llevan a ningún
lugar y terminan derrotadas en una pared reciente, despojadas de un destino, de
un final que las motivara a seguir alojando los pasos de niños, mujeres de
piernas firmes y vendedores de helados. Pero lo mas violento de la imagen sin
duda era que seguían ahí, como cadáveres que eran incapaces de suplicar por un
lugar en el cementerio del descuido, de la omisión. Porque finalmente estas
escaleras eran el signo mas potente de lo que es una ciudad que no se
avergüenza de dejar tareas a medio terminar. Porque ahora que se acerca navidad
y todo se llena de esos momentos redondos, de sensaciones a crédito, me refugio
un momento en esas escaleras honestas, como ancianos desnudos que observan cómo
se va el presente. También me refugio de Felipito y su helicóptero azul. Pienso
donde andará él, seguramente tendrá mi edad, vivirá instantes perfectos,
sincronizados, completos, con aplausos a cada paso que da por una ciudad que
esta a ciento y algo kilómetros del puerto y que vertiginosamente se transforma
en una copia a escala, un plagio.
Le llamábamos
Felipito y no se porque. Cuando nos sentábamos frente a la tele, en esta misma época
navideña que poco ha cambiado, que es como el momento más estridente de la
carcajada de una ciudad que se burla eternamente de nosotros, aparecía cada
tanto entre los dibujos animados del canal 5. Era el anuncio de un nuevo
helicóptero a control remoto que un niño muy rubio, Felipito, sostenía con la
cara llena de risa junto a un árbol de pascua de proporciones colosales,
exageradamente salpicado de bolas rojas y guirnaldas doradas. Ese árbol ahora
me da la sensación de un pabellón patrio y Felipito perfectamente pudo haber
cantado un villancico con su mano derecha sobre el corazón, marchando con la
canción de fondo frente a sus padres que mirándolo con satisfacción, a
intervalos, cruzaban sus ojos riendo y dándose palmaditas de autosuficiencia
sentados en el sofá. Entonces el niño encumbraba el helicóptero por el aire de
la enorme sala y el juguete pasaba rozando entre las cabezas de sus padres, también
muy rubias, lo que producía una mezcla entre miedo y ganas incontenibles de
soltar carcajadas. La mamá lanzaba entre gritos divertidos un cojín al niño
para que éste lo atrapara con entusiasmo. La escena terminaba con los tres en
un abrazo muy apretado, lleno de felicidad y con un locutor diciendo que las
baterías se venden por separado y en las mejores tiendas y que no esperáramos
más, que saliéramos rápido a comprar.
Pausa de
felicidad y el Festival de los Robots comenzaba como cada tarde iluminando de
colores en la penumbra los rostros de mi hermano, el Chily Willie y yo. El Chily
Willie, sorbiendo los mocos y con su eterno polerón amarillo con un estampado
desteñido de Winnie the Poh era el inventor que correteaba junto a nosotros
entre blocks de ladrillo fiscal, dando vida a objetos y situaciones a partir de
elementos tan simples. Como el juego del helicóptero a pilas. Siempre domingo por
la mañana, cuando las abejas comenzaban
su rutina posando su zumbido en los rayitos de sol que Doña Marcia plantaba
bajo un pimiento que creció ahí antes de nosotros, en un orden que quizá vio en
las revistas de jardinería que tanto le gustaba leer y que mantenían vivo su
sueño de escapar de la población e irrumpir en casas enormes que nunca
habitaría.
El Chily llegaba
los domingos por la mañana a nuestra casa con el carrete de hilo blanco. Nosotros
sacábamos de la cocina la bolsa plástica y la tijera del costurero de mi madre.
Y comenzaba la cacería.
Yo capturaba a
las abejas. Agazapado, acechaba a la presa mientras metía la cabeza en una flor
tan luminosa como la mañana. Y con la respiración contenida daba un salto con
la bolsa inflada para atrapar dentro de ella a la abeja y el rayito de sol que cortaba
para no estropear nuestro insecto-helicóptero. Sacudía la bolsa tres veces
mientras mi hermano saltaba en una pierna de ansiedad. Despierta en su
cautiverio, la abejita comenzaba a convulsionar las alas de manera iracunda,
incansable, amenazando con su aguijón a los gigantes que la privaban de
libertad. Entonces yo, con un palito de helado, ejercía una suave presión sobre
su cuerpo diminuto y vibrante mientras, con la tijera, el Chily hacía un
pequeño tajo en la bolsa, justo en el lugar donde la abeja aun luchaba por
escapar. A través del agujero introducía el hilo con el nudo corredizo que ya
había preparado, atrapando las patas traseras del insecto. Una vez terminado el
engaño, mi hermano metía los dedos por el hoyo de la bolsa y la rompía,
liberando de pronto a la abejita que llena de júbilo y ansias de libertad salía
volando por un segundo. Entonces, la realidad. Cuarenta centímetros de vuelo y
su avance se detenía abruptamente junto con el hilo que amarraba sus patas.
Chily Willi sostenía el otro extremo del hilo en su mano derecha y sus ojos y
los nuestros, brillantes y perdidos en nuestro juguete, cómplices, eran los de
tres pequeños psicópatas satisfechos. Quizá era un poco triste, pienso, alejado
a la distancia que entrega el tiempo, pero un acto de amor también es triste
cuando todo se acaba. La abeja con su vuelo desesperado e impotente dibujaba
formas caóticas en el aire, yendo hacia ninguna parte y explorando tantas vías
de escape, llevando nuestra mirada entre las nubes que se movían tranquilas en
el fondo del cielo, cortadas por el vuelo de la abeja abandonada por la
naturaleza y su colmena, como las escaleras de Valparaíso, como tres niños
escapando por el aire de una tierra atragantada de polvo y ladrillos. Iba a la
derecha, después a la izquierda, arriba y abajo, moviendo el hilo con una
tensión tan leve como su cuerpo. Entonces el Chilly comenzaba a hacer ruidos de
avión con la boca, evocando metralletas y cohetes que destruían las ciudades
del medio oriente que aparecían cada tanto en los noticieros de la noche,
reventando casas y edificios, lanzando por los aires a su padrastro con túnica
blanca ensangrentada y barba abundante, cayendo desmembrado. Yo simulaba ser el
operador de una torre de control y daba instrucciones a la abejita para que
ocultara el tren de aterrizaje porque disminuía su velocidad a la hora del
despegue. Mi hermano no decía nada, se quedaba silencioso en las imágenes, en
las formas caprichosas que se quedaban en nuestros ojos unos instantes, como
solidificadas por la tensión que sentíamos.
Si Felipito
viera nuestro juego diría que el final es más brutal que el suyo. Después de
incontables intentos por escapar, las alas batientes de la abeja tenían la
suficiente fuerza como para partir su cuerpo en dos. Su abdomen quedaba
colgando con una sangre transparente en el extremo del hilo de volantín que
sostenía el Chily. La otra parte de la abeja seguía volando unos segundos y
caía por algún lugar entre los rayitos de sol mientras lo seguíamos con la
mirada. Y así nos quedábamos silenciosos, rodeando el cadáver de nuestro
juguete que de alguna manera queríamos tanto. Con el palito de helado yo hacia
un hoyo en la tierra y depositaba cuidadosamente los restos de la abeja, sus
dos partes. “Descansa en paz” decía mi hermano y salíamos corriendo los tres
entre los blocks, moviendo los brazos para volar, libres.
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