Con Sandro te deje de ver
Ahí está tu fotografía, una de esas piezas de vida. Lo cierto es que esta ahí tu foto, con el pelo enredado y cayendo sobre los hombros, los ojos entrecerrados y fijos en un punto del suelo. Labios de un rojo generoso y sanguinolento, que dejaba la mariposa de tu boca plasmada en la mejilla de quien llegaba a saludarte. Pero en la fotografía nadie te saluda. Estás sola, un poco distraída, como protagonizando el afiche de una obra triste e inocente y a pesar de eso te veo igual de puta que siempre. Bien puta. Bellísima, salvajísima, putísima, misteriosísima. Siempre vestida de negro, como tus ojos. Llevas botas de cuero largas y unos pantalones ajustados. Si no fuera porque ni siquiera sabes montar una micro, diría que eres una amazona, galopante, uno de los jinetes del Apocalipsis, La Lujuria, definitivamente, si es que se puede sumar un quinto y último jinete. Y estarías ahí, en el fin del hombre y de los tiempos, en éxtasis, en un mar de muerte, hambre y violencia, y tú aportando tus piernas abiertas, tus rasguños, tus fluidos, en un torbellino de gritos desgarradores y escalofríos finales que no dejan espacio para suspiros.
Seguramente mi padre tomo
esta foto el día que te compro esas botas. Temeroso, ensimismado, un poco
calvo, no, bastante calvo, ojos profundamente azules detrás del lente de la
cámara, un rostro inexcrutable, perenne. Era de esas personas que no cuestionan
la marcha, de esos que solo tratan de mantenerse un tiempo prolongado flotando,
engordando, envejeciendo, trabajando sin parar, metiendo dentro del pecho cada
minuto de humillación, de abandono, cada desilusión, cada deseo disparatado con
el rostro serio, donde se adivina una furia inconcebible que aparece en
pequeñas victorias, pequeñas humillaciones que le son permitidas y que
generalmente pasan inadvertidas. Pero a pesar de eso tenía la capacidad de
congelar tu alma con su cámara. Tus ojos culpables, perdidos en el suelo, sus
ojos azules, como dos ventanitas solemnes en un palacio impenetrable, dejando
ver algo de cielo, ocultando lo que ya sabía de antemano.
Recuerdo cuando entraba a tu habitación, a mediodía, tu enrollada
en las sabanas, la cortina flameando,
dándome latigazos de luz sobre los ojos y tu cuerpo con un brillo de mármol,
completamente perfecto, griego, con marcas de dedos en los brazos y piernas, tu
vagina al descubierto, violácea, violenta, desde donde salí para dar lugar a
tantos otros: un vendedor de enciclopedias y reencarnación de buda, taxistas de
chaleco color vino, pelo corto, cano y peinado con colonia inglesa, chulos que
fueron amantes incondicionales de tus servicios gratuitos, jardineros que
buscaban trabajos pasajeros, garzones imitadores de Elvis Presley, carabineros
de transito que dejaban su gorra y su
radio en la mesa del comedor mientras tomaban cerveza contigo en la cocina,
vecinos amables que instalaban ampolletas, profesores particulares de
matemáticas y física, estudiantes de intercambio que frecuentaban los bares de
Bellavista, todos como tentáculos, distintas caras del mismo monstruo, una
serpiente de mil cabezas y un cuerpo, una voz, un instinto. Entraba en tu cama
un poco temeroso, porque cuando abrías tus ojos te transformabas en algo
terrenal y sucio, comenzabas a morder mis brazos, mis piernas, dejándome lleno
de saliva y besos. El temor era mayor cuando tenias un ojo morado o la boca
hinchada y con sangre seca.
Mi padre llegaba a armar su cama en el sillón. Dos frazadas celestes,
una almohada amarilla y el televisor eran suficientes. La verdad nunca entendí
porque estaban juntos. O en realidad si lo entiendo. Porque si bien Sandro no canta
canciones de cuna y tampoco su voz tenía la suavidad necesaria, esa noche tus
manos que me tomaron medio dormido desde la alfombra del pasillo y me acostaron
sobre mi cama tenían la delicadeza de una despedida. La delicadeza triste del
luto, de los rituales funerarios. Sé que en el fondo me querías. Entonces,
levemente, susurraste que por ese
palpitar, que tiene tu mirar, yo puedo presentir que tú debes sufrir, igual que
sufro yo, por esta situación, que nubla la razón sin permitir pensar…, salpicando
a la canción favorita de quien te esperaba en la puerta con palabras entrecortadas
por lagrimas que caían por tu cara y que colgaban temblando unos segundos antes
de derramarse en mi boca y en mis ojos, que mantuve entrecerrados, espiando tu
verdadero rostro, cálido, triste. …En que
ha de concluir, el drama singular que
existe entre los dos...las paredes tenían un gris nocturno que tomaba el
relieve de tu sombra, vibrando, me tomaste en tus brazos, sobre tus piernas.
Sacaste tu pezón enrojecido por el frio y lo metiste en mi boca, sin parar de
cantar suavemente al tiempo que rayos de luna comenzaron a agujerear tu cabeza
y tus hombros y empecé a amamantarme de tu despedida luminosa. Me balanceabas al ritmo de la canción y
mis ojos comenzaban a cerrarse ya por completo, …tratando simular tan solo una amistad …en la paz que entregaba el
calor de tu cuerpo y vi como comenzabas a ascender, a soltar mi mano, tus ojos
eran ya dos estrellas parpadeantes que iluminaban todo alrededor… Creo que
desperté nuevamente cuando gritabas…Tus
labios de rubí de rojo carmesí, parecen murmurar mil cosas sin hablar y yo que
estoy aquí sentado frente a ti me siento desangrar sin poder conversar…los
golpes en la puerta de entrada me despertaron totalmente, gritos graves y que
hacían vibrar las ventanas, sonidos sordos de cabezazos que trataban de romper
las paredes me sacaron del ensueño, mi padre, tu carcelero, se negó a abrir,
siguió recostado sobre el sillón, mirando imágenes televisivas de asaltos,
asesinatos, tumultos de gente que levantaban barricadas fuera de los palacios
de gobierno. Las agujas del reloj ya no marcaban el tiempo y la luz te devoraba
rápidamente y te hacia liviana, como una neblina fragante que suspendida sobre
el piso de mi habitación se transformaba en tu rostro, luego en luz cegadora, en
oscuridad total y en tu rostro nuevamente ahora mirando el techo, desde donde
se abría un portal, un espejo de motel donde te movías a otro ritmo, levitando
y arrancada de mi por Dios mismo, un dios de ojos rojos como de neón, con barba
negra y saliva en la comisura de los labios, un dios que tomo a mi padre del
cuello y lo lanzo sobre la mesa que te llevo envuelta en olor a incienso y
santidad.
Recuerdo como te elevaste por el cielo, entre los postes
eléctricos, desde este infierno nocturno y anaranjado donde aún vivo con mi
padre, cantando música de ángeles, tratando de llevarme contigo. El Ángel más
oscuro de todos, Santa Maria de la atrocidad más despreciable de todas, Virgen
de las cloacas sucias, Santa madre del hastío por la vida lenta y pausada. Una
Madre santa sin iglesia, con un templo que es esta foto llena de colores.
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